PONENCIA
Familias en situación de calle

Éste es un tema muy amplio en el que necesariamente tendremos que hacer recortes para poder abordarlo.
Estamos tratando de intervenir y producir cambios en una realidad muy dura para poder modificarla. Para esto, tenemos que conocerla y asumirla con toda su dureza y complejidad.

Durante mucho tiempo se ha negado esta realidad, las personas en situación de calle existían en Brasil, pero se negaban como realidad en Uruguay, por lo tanto no había políticas de Estado que reconocieran y abordaran el problema.

Fueron algunas instituciones las que comenzaron, desde la sociedad civil, a trabajar en principio con los niños en situación de calle, en esfuerzos aislados que se fueron organizando en redes, pero que no lograban atacar el origen del problema al no haber una visión integradora. Mientras tanto el agravamiento de la crisis económica iría volcando más y más personas a esta situación.
Estas organizaciones no gubernamentales fueron generando desde su praxis un capital de conocimientos que, con la llegada de un gobierno que prioriza al problema e intenta darle solución, permite un trabajo articulado en el que se puedan sumar los esfuerzos, sistematizarlos colectivamente para ir logrando salidas.

Foucault dice que el conocimiento es hacer tajos, conocer la realidad es hacer tajos en la realidad. Cuando uno conoce, uno ya interviene en la realidad; al conocerla ya la está modificando. A su vez, hace tajos en uno mismo, y a veces esos tajos son heridas profundas que cuesta cicatrizar. Creemos que eso es precisamente lo desafiante del conocimiento.

Por eso nos parece una expresión muy gráfica en todos los sentidos, y porque además los tajos plantean problemas, plantean desafíos, dónde hay que intervenir, esa cosa muy quirúrgica puede parecer una imagen un poco dura, pero precisamente sirve como imagen en ese sentido.

Si bien la situación de calle es multicausal, podemos decir que los problemas económicos inciden en la totalidad de los casos, ya que todas las demás variables serían solucionables de mejor forma con un soporte económico. Las situaciones de violencia, la separación de matrimonios, la llegada a la capital de personas del interior en busca de trabajo, las adicciones, la pérdida de redes familiares y sociales, las enfermedades psiquiátricas, la pérdida del trabajo y por consiguiente la pérdida de la vivienda son, entre otras, causas y consecuencias de la situación de calle.

Entendemos que la situación de calle no es la simple falta de vivienda, sino que ésta es el modo en que se evidencia un proceso de deterioro más o menos largo según los casos, y que trae como consecuencia un cambio en la subjetividad de las personas, que hace complejo el abordaje y las posibles soluciones al problema.

Sin intención de simplificar una realidad sin duda muy compleja, pero en la necesidad de hacer un recorte para poder observarla, podemos decir que desde nuestra experiencia institucional de trabajo con distintas poblaciones en situación crítica, encontramos tres grandes grupos con características muy marcadas.

Podemos definir al primero como una estructura de calle crónica. Son personas que iniciaron su proceso de calle desde su infancia, provenientes ya de núcleos familiares desestructurados, que tienen la mendicidad y la permanencia en la calle como estrategia de vida. En la calle han encontrado desde muy niños, acompañando a sus hermanos mayores o eventualmente a su madre o padre, un lugar donde no solamente satisfacían sus necesidades de alimentación y vestimenta sino que también era el lugar de socialización, generándose así una subjetividad en la cual la inmediatez es una de las características más marcadas.

Estas personas han transitado un largo camino entre sus hogares, instituciones para niños y adolescentes –con fugas reiteradas–, casas de familiares o de de amigos, sin encontrar en este recorrido lugares de verdadera contención. Su escolarización es muy baja y sus experiencias en las instituciones educativas formales han sido frustrantes. Los vínculos familiares son muy frágiles –aunque, en general, nunca se han perdido totalmente– y tempranamente encuentran en grupos de pares un lugar de identificación y pertenencia. Hay muchas veces incidencia de adicción, en general a la pasta base.
El embarazo precoz es muy frecuente y nos encontramos con jóvenes de 20 años con hijos ya en edad escolar. En la necesidad de adaptarse a esta situación, con una larga historia de abandonos, expulsiones, violencia, estas personas actúan el rol que socialmente, hasta ahora, se les había asignado y que termina formando su identidad.

Decíamos que una de las características es la inmediatez; también lo son la falta de hábitos y límites, su modo de vincularse está signado por su historia –en general violenta–, lo que hace que la integración a propuestas organizadas sea compleja y difícil. Suelen repetir con sus hijos su propia historia; muchos estos núcleos tienen algunos hijos en instituciones como INAU, o los cría un abuelo, o un tío, o el padre biológico. Se les hace muy difícil mantener el contacto con ellos. Y los que están a su cargo están escolarizados tardíamente, cuando lo están, ya que desde el núcleo esto no es vivido como necesario. Pero aunque desde el discurso está siempre presente la necesidad de que los hijos estudien, desde la práctica pocas veces se concreta en tiempo y forma.
Tampoco se les llevan a cabo los controles de salud de forma consecuente, ni se controlan sus embarazos.

Podemos decir que este sector es el más difícil de trabajar porque nos plantea un desafío muy fuerte de desestructurar y modificar matrices muy arraigadas; nuestro trabajo tendrá que abarcar desde fortalecer la autoestima a través de plantear metas a corto plazo hasta que se puedan concretar, como la incorporación de rutinas de higiene y de convivencia, la aproximación a hábitos laborales –que en muchos casos nunca existieron–, el cambio en el modo de vincularse, a través de la reparación en el establecimiento de nuevos lazos que logren ser confiables.

El segundo grupo que ha llegado a esta situación en los últimos años, con el agravamiento de la crisis económica, y muchas veces fruto del éxodo del campo a la ciudad, lo podemos caracterizar como entrando en una situación de cronicidad de refugio. Son personas que cuando llegaron algunas veces al primer plan invierno, venían de una pérdida reciente de trabajo y mantenían hábitos laborales y de higiene. La situación de refugio como única alternativa para el cuidado de su familia, los obliga a una adaptación que no siempre es positiva, ya que su imposibilidad de acceder a un empleo que les permita una solución definitiva los hace entrar en un círculo de entradas y salidas de los diferentes componentes del plan, consiguiendo trabajos muy mal remunerados que, en el mejor de los casos, por falta de garantías de alquiler les permite ingresar a una pensión que después, por el alto costo, no pueden sostener. Esto aumenta el sentimiento de frustración e impotencia, con la consiguiente disminución de la autoestima, el bajar los brazos y conformarse con una situación que esperaban fuese provisoria y se convierte en definitiva.

Estas personas generalmente conocen bien las redes de apoyo: comedores públicos y privados, policlínicas, lugares donde se puede conseguir ropa, cómo obtener los documentos, etc.; aunque mantienen hábitos de higiene y siguen haciendo intentos de insertarse en el mercado laboral, el desgano y el pesimismo son su característica más marcada, y en muchos casos aparecen síntomas de depresión. Se convierten en personas demandantes, y más que buscar alternativas de salida a su situación, exigen que "alguien" –en general el Estado, el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), el equipo del programa en que se encuentren– solucione sus problemas.En el tercer grupo se encuentran las personas que han llegado a situación de calle últimamente, el sector recientemente empobrecido. Su subjetividad está construida a partir de otra lógica, en la que ellos eran capaces de sustentar a sus familias. Llegan a esta situación, en general, por la pérdida del empleo, que los lleva a la pérdida de la vivienda. En algunos casos son personas que llegan desde el interior buscando algún tipo de solución en Montevideo y se encuentran en un lugar desconocido y lejos de las redes familiares y sociales de contención que conocían.

Llegan a la situación de refugio, donde sufren un fuerte impacto ante la dimensión de lo desconocido y para lo que, en principio, se sienten desinstrumentados: la cantidad de gente, la falta de privacidad, el desconocimiento de los códigos de comunicación y convivencia. El primer impulso es poder irse rápidamente a un lugar propio. Consiguen entonces un empleo en una empresa de seguridad o de limpieza, muy mal remunerado, complicado por la dificultad para combinar los horarios de trabajo con los del refugio, los prejuicios en torno a la población de refugio –aun hacia personas que tienen algún tipo de especialización–, el escape a una pensión, el regreso al sistema por no poder sostenerlo y el inicio de un proceso de deterioro que ya definimos en el grupo anterior.

La experiencia, aunque nueva, nos muestra que contar con lugares intermedios, como el Hogar Abriendo Caminos, es una posibilidad de no cronificar situaciones, e ir devolviéndoles a los protagonistas la posibilidad de retomar activamente sus capacidades y el poder de decisión sobre sus vidas.
Nuestro equipo centra su trabajo en una praxis, en una reflexión permanente de su accionar, buscando comprender la complejidad de la tarea, la necesidad de la articulación y coordinación con todos los actores públicos y privados que estén involucrados con esta problemática. Romper con la naturalización de los hechos cotidianos –hasta los más obvios–, problematizarlos, interpelarlos, interpelarnos, no situarnos ante la comunidad con la que trabajamos en “el lugar del saber”, porque no somos dueños de “una verdad revelada”. Nuestro aporte es ayudar a pensar, a descubrir juntos. Se trata de construir salidas con los protagonistas, no para ellos ni por ellos.

Equipo de trabajo del Refugio Estrella del Sur